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La masiva adopción de herramientas tecnológicas en el ecosistema corporativo chileno ha abierto un complejo debate sobre los límites de la eficiencia. Lo que nació como una promesa para trabajar mejor amenaza con convertirse en una intensificación de las jornadas si no se redefinen los indicadores de éxito.

La irrupción masiva de la Inteligencia Artificial en el entorno corporativo chileno se presentó bajo una promesa clara: automatizar las tareas repetitivas para liberar tiempo y permitir que los profesionales se enfocaran en labores más estratégicas. Sin embargo, a medida que la tecnología se asienta, la realidad en las oficinas comienza a mostrar una faceta mucho más compleja, donde la búsqueda ciega de la eficiencia amenaza con difuminar los límites del descanso.

De acuerdo con datos del Estudio Adopción de IA elaborado por Entel Digital y el CENIA, más del 60% de las empresas en Chile ya han incorporado estas herramientas en sus operaciones. Aunque la cifra demuestra un avance tecnológico acelerado, la integración con el talento humano ha destapado una profunda malinterpretación de lo que significa ser productivo en la era digital.

Para Maite Moreno, directora del Máster en Recursos Humanos en EAE Business School —institución perteneciente a la red de Planeta Formación y Universidades—, el foco del debate debe cambiar urgentemente. «La automatización y la inteligencia artificial han cambiado la manera de pensar la productividad», explica la especialista, añadiendo que el verdadero desafío ya no es hacer más en menos tiempo, sino evaluar qué valor real se genera, con qué calidad y, fundamentalmente, a qué costo humano.

La letra A se coloca en la parte superior de una placa de circuito
Más del 60% de las empresas grandes y medianas en Chile ya han integrado herramientas de automatización en sus operaciones diarias.

La trampa de la capacidad liberada

El riesgo latente en las organizaciones radica en entender la eficiencia de manera simplista. Cuando un software optimiza un proceso y ahorra horas de trabajo a un empleado, ese espacio de tiempo no siempre se traduce en un alivio de la carga laboral. Por el contrario, la tendencia actual apunta a rellenar de inmediato esa capacidad disponible con nuevas responsabilidades corporativas.

Esta dinámica, sumada a la hiperconectividad y la expectativa implícita de una disponibilidad permanente, está alimentando una fuerte tensión en los equipos de trabajo. Si las empresas utilizan la tecnología únicamente para exigir un mayor volumen de resultados sin rediseñar las expectativas ni las jornadas, el resultado final no es la optimización, sino una intensificación del desgaste profesional.

«Tiene que haber límites claros para que la eficiencia operativa no lleve al desgaste humano», advierte Maite Moreno, apuntando que presionar el desempeño a largo plazo termina socavando pilares vitales como la motivación y la capacidad creativa de los trabajadores.

Hacia un modelo de medición sostenible

El escenario actual obliga a las compañías a replantear la forma en que miden el éxito de sus colaboradores. El viejo indicador basado exclusivamente en el volumen de horas o tareas completadas se vuelve insuficiente en un entorno automatizado. La tendencia de vanguardia propone migrar hacia métricas más integrales que consideren el cumplimiento de objetivos estratégicos, la calidad final de los proyectos y la satisfacción del cliente, incorporando de manera estricta los índices de bienestar interno.

El futuro del mercado laboral dependerá de una decisión cultural más que tecnológica. Mientras algunas organizaciones aprovechan la capacidad liberada por la IA para construir estructuras flexibles y equilibradas, otras corren el riesgo de perpetuar un modelo de exigencia desmedida bajo la narrativa del progreso técnico. En el equilibrio de esta balanza se definirá la verdadera sostenibilidad del trabajo del futuro.